En la "edad de la piedra nueva" o neolítico aparecieron los rasgos esenciales de la humanidad. En esta época, comprendida entre 6000 y 4000 a.C., el hombre no sólo consiguió dominar el medio natural, cultivando la tierra y apacentando animales, sino que además aprendió a organizar su vida social, construyendo poblados que irían aumentando de tamaño con el paso del tiempo.
Las primeras plantas cultivadas fueron algunos cereales, como la cebada o el alforfón; hortalizas; leguminosas, como los guisantes y las lentejas; olivo, vid y lino. La cabra y la oveja fueron, junto con el perro, los primeros animales domesticados; más tarde lo serían el cerdo, el buey (en 5500 a.C.) y el asno.
En el terreno industrial se impuso la técnica de la piedra pulida, utilizada para la fabricación de hachas, mazas y utensilios para arar la tierra y cortar la madera.
Se elaboraron también grandes piedras para moler, y todo ello sin abandonar determinadas herramientas del paleolítico y el mesolítico, como las realizadas a partir de las lascas.
Las innovaciones más importantes del neolítico fueron la cerámica y el tejido. La cerámica permitió elaborar vasos, platos, tazones y recipientes diversos, útiles sobre todo para la conservación y transporte de las reservas alimentarias. El tejido, anticipado por la técnica del trenzado de juncos para realizar cestas de mimbre, nació de la oportunidad de aprovechar la lana de los ovinos y las fibras del lino.
Los progresos realizados en agricultura y ganadería favorecieron la organización de los grupos sociales en comunidades cada vez más ricas y diversificadas. Los poblados constaban de cabañas circulares construidas con cañas y barro. Más tarde, las viviendas cambiaron de aspecto: se hacían con ladrillos de arcilla sobre cimientos constituidos por bloques de piedra; el techo, sin embargo, seguía siendo de cañas. Las cuevas se convirtieron en lugares de culto y de sepultura.
En Europa, las culturas neolíticas más importantes fueron las de Sesklo (Balcanes) y de Starcevo-Körös (Polonia).
En Europa occidental y meridional se desarrolló la cultura de la cerámica incisa (incisiones sobre la arcilla con fines decorativos), que posteriormente se extendió también a África.
En el área del Mediterráneo se desarrolló también la técnica de la cerámica pintada, que utilizaba ocres y plantillas para la coloración. A esta zona corresponde asimismo un original estilo de pintura rupestre, que aparece en numerosas cuevas de la franja oriental de la península Ibérica y se caracterizaba por figuras estilizadas y composiciones de enorme dinamismo. En Suiza y Francia apareció la cultura palafítica.
Particular importancia tuvo en esta época la cultura megalítica europea, de la que constituyen un interesante testimonio los dolmen, grandes losas de piedra apoyadas sobre bloques verticales hundidos en el suelo. Los dolmen evolucionaron hacia cámaras sepulcrales, a las que se accedía a través de un corredor, y hacia tumbas cubiertas por una "falsa bóveda". Otro monumento típico de la cultura megalítica son los menhires, grandes bloques de piedra clavados en el suelo y alineados en hileras larguísimas. El significado de estos monumentos megalíticos, que alcanzan alturas de decenas de metros y un peso de centenares de toneladas, es incierto. Se cree que eran estelas conmemorativas o centros de culto religioso. Son famosos los de Carnac, en Bretaña, los de Stonohenge, en Inglaterra, y los de Antequera, en España.
Imperio Historia
sábado 11 de junio de 2011
El neolítico
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viernes 10 de junio de 2011
El mesolítico
Hacia 10000 a.C., cuando se retiraron los hielos después de la última glaciación, comenzó un período de transición caracterizado por la atemperación climática. Los cambios en el clima comportaron una significativa mutación de la fauna y de la flora, que incluyó la desaparición de muchos animales y plantas de las regiones centrales y meridionales de Europa. El hombre sólo podía cazar pequeños mamíferos que le ofrecían cantidades reducidas de carne. Al disminuir el número de animales para cazar, el hombre amplió su radio de acción a los mares y aprendió a pescar. Todo ello ocurrió en la fase que media entre el paleolítico y el neolítico, conocida con el nombre de mesolítico. La industria lítica del mesolítico consistía en la producción de hachas, puntas de flecha o de lanza y láminas. En esta época se construyeron las primeras embarcaciones y trineos. En el terreno artístico, la inspiración naturalista dio paso a una creación más abstracta y geométrica.
Se empezaron a domesticar algunos animales, como el perro, y se cultivaron algunas plantas. Estas nuevas costumbres transformaron los hábitos nómadas de los grupos familiares, que pasaron a ser sedentarios. Las culturas mesolíticas no sólo se extendieron por Europa, sino también por el norte de África y por Asia Menor.
En la zona central de Europa se desarrolló la cultura aziliense (cueva de Mas d'Azil, Francia), que produjo raederas, arpones planos fabricados con asta de ciervo y cuchillos ligeramente curvos. Parecidos objetos se encuentran en la cultura sauveterriense.
En el norte de Europa apareció la cultura maglemosiense, cuyo rasgo característico es la fabricación de instrumentos de pesca (anzuelo arqueado y nasa) y de canoas y embarcaciones de remo construidas con pieles de animales. En la región de Dinamarca se desarrolló en la misma época la cultura ertebölliense, dedicada exclusivamente a la recolección de moluscos y a la caza del jabalí.
Otras culturas del mesolítico son la tardenoisiense, del Egeo, y la natufiense, de Oriente medio.
La cultura de Jericó, por último, muestra una evolución en la concepción de la casa, que es más sólida al estar construida con bloques de piedra.
Se empezaron a domesticar algunos animales, como el perro, y se cultivaron algunas plantas. Estas nuevas costumbres transformaron los hábitos nómadas de los grupos familiares, que pasaron a ser sedentarios. Las culturas mesolíticas no sólo se extendieron por Europa, sino también por el norte de África y por Asia Menor.
En la zona central de Europa se desarrolló la cultura aziliense (cueva de Mas d'Azil, Francia), que produjo raederas, arpones planos fabricados con asta de ciervo y cuchillos ligeramente curvos. Parecidos objetos se encuentran en la cultura sauveterriense.
En el norte de Europa apareció la cultura maglemosiense, cuyo rasgo característico es la fabricación de instrumentos de pesca (anzuelo arqueado y nasa) y de canoas y embarcaciones de remo construidas con pieles de animales. En la región de Dinamarca se desarrolló en la misma época la cultura ertebölliense, dedicada exclusivamente a la recolección de moluscos y a la caza del jabalí.
Otras culturas del mesolítico son la tardenoisiense, del Egeo, y la natufiense, de Oriente medio.
La cultura de Jericó, por último, muestra una evolución en la concepción de la casa, que es más sólida al estar construida con bloques de piedra.
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jueves 9 de junio de 2011
El paleolítico superior
El paleolítico superior se extiende entre 35000 y 10000 a.C., y corresponde al final de la era glacial del Würm. Durante este período se sucedieron diversas culturas, cuya característica común era la fabricación de láminas obtenidas de lascas de piedra. Las principales fueron: perigordiense inferior, que debe su nombre a la región francesa del Périgord, y se prolonga de 35000-30000 a.C. a 28000 a.C.; auriñaciense, por el nombre de la gruta de Aurignac, en la región francesa de Haute-Garonne, fechable entre 28000 y 23000 a.C.; perigordiense superior, entre 23000 y 18000 a.C.; solutrense, de Solutré, Saône-et-Loire, entre 18000 y 14000 a.C.; y magdaleniense, de la cueva de La Madeleine, en Dordoña, 14000-10000 a.C.
La cultura perigordiense (Périgord, Francia) produjo puntas de cuchillo, buriles, rascadores y punzones de marfil. Son destacable sus cabañas circulares apoyadas sobre un "pavimento" hecho con colmillos de mamut. Análoga a la perigordiense fue la cultura gravetiense (La Gravette de Byac, Francia), que se extendió por Bélgica, Francia, España, Italia y Rusia en la forma denominada pavloviense.
La cultura auriñaciense (Aurignac, Francia) se distinguió por su producción artística de estatuillas femeninas de significado religioso, utilizadas por los cazadores con fines propiciatorios. A esta cultura pertenecen también los grabados y pinturas hallados en la cueva Romanelli y en las cuevas de Levanzo y Altamira. En Asia, en Kara Kamar (Afganistán) se ha excavado un yacimiento de la cultura auriñaciense, y en Siria e Israel se han hallado testimonios de culturas afines: anteliense, atlitiense y kebriense. La cultura solutrense (Solutré, Francia) trabajaba el sílex calentándolo al fuego y golpeándolo en dos caras opuestas. De este modo obtenía puntas de flechas en forma de hoja de laurel, trabajadas por ambas caras. A la cultura solutrense se atribuyen también los bajorrelieves hallados en las cuevas de Roc-de-Sers y de Forneau-du-Diable, en Francia.
La cultura magdelaniense (La Madeleine, Francia) se difundió por toda Europa central y también por el norte de España. Su característica principal fue la producción de instrumentos de hueso, hondas, puntas de lanza y arpones.
Magdalenienses son también algunas pinturas de las cuevas de Lascaux y Altamira. Se han hallado asimismo pequeñas esculturas de hueso, asta, piedra y marfil. En África surgieron diversas culturas: en el norte, la ateriense, liberomaurisiense y capsiense; en el centro, la stillabayense, magosiense, haghisiense, eibiense y lupenbiense. En China, la cueva de Zhoukoudian presenta trazas de culturas del peleolítico superior, así como en Siberia el yacimiento de Maltá (cerca del lago Baikal). También en Japón se dio el típico laminado paleolítico (de obsidiana), como atestigua el yacimiento de la isla de Hokkaido.
La llegada del Homo sapiens a Oceanía puede fecharse hace unos 40000 años, pero los primeros yacimientos líticos del paleolítico superior son de hace unos 18000 años. Desde el punto de vista cultural, todavía pervive este período en algunas zonas. El paleolítico superior en el continente americano se tratará en capítulos aparte.
Los vestigios artísticos del paleolítico superior demuestran que, en esta época, el hombre alcanzó plena conciencia de sí mismo, tal como lo atestiguan loas representaciones humanas que aparecen en pinturas rupestres o en esculturas.
Los cambios técnicos en las sepulturas, con el cadáver dispuesto en posición de decúbito supino y sepultado con todos sus adornos, son una prueba más de esa madurez de conciencia, que refleja una organización mental más elaborada.
La cultura perigordiense (Périgord, Francia) produjo puntas de cuchillo, buriles, rascadores y punzones de marfil. Son destacable sus cabañas circulares apoyadas sobre un "pavimento" hecho con colmillos de mamut. Análoga a la perigordiense fue la cultura gravetiense (La Gravette de Byac, Francia), que se extendió por Bélgica, Francia, España, Italia y Rusia en la forma denominada pavloviense.
La cultura auriñaciense (Aurignac, Francia) se distinguió por su producción artística de estatuillas femeninas de significado religioso, utilizadas por los cazadores con fines propiciatorios. A esta cultura pertenecen también los grabados y pinturas hallados en la cueva Romanelli y en las cuevas de Levanzo y Altamira. En Asia, en Kara Kamar (Afganistán) se ha excavado un yacimiento de la cultura auriñaciense, y en Siria e Israel se han hallado testimonios de culturas afines: anteliense, atlitiense y kebriense. La cultura solutrense (Solutré, Francia) trabajaba el sílex calentándolo al fuego y golpeándolo en dos caras opuestas. De este modo obtenía puntas de flechas en forma de hoja de laurel, trabajadas por ambas caras. A la cultura solutrense se atribuyen también los bajorrelieves hallados en las cuevas de Roc-de-Sers y de Forneau-du-Diable, en Francia.
La cultura magdelaniense (La Madeleine, Francia) se difundió por toda Europa central y también por el norte de España. Su característica principal fue la producción de instrumentos de hueso, hondas, puntas de lanza y arpones.
Magdalenienses son también algunas pinturas de las cuevas de Lascaux y Altamira. Se han hallado asimismo pequeñas esculturas de hueso, asta, piedra y marfil. En África surgieron diversas culturas: en el norte, la ateriense, liberomaurisiense y capsiense; en el centro, la stillabayense, magosiense, haghisiense, eibiense y lupenbiense. En China, la cueva de Zhoukoudian presenta trazas de culturas del peleolítico superior, así como en Siberia el yacimiento de Maltá (cerca del lago Baikal). También en Japón se dio el típico laminado paleolítico (de obsidiana), como atestigua el yacimiento de la isla de Hokkaido.
La llegada del Homo sapiens a Oceanía puede fecharse hace unos 40000 años, pero los primeros yacimientos líticos del paleolítico superior son de hace unos 18000 años. Desde el punto de vista cultural, todavía pervive este período en algunas zonas. El paleolítico superior en el continente americano se tratará en capítulos aparte.
Los vestigios artísticos del paleolítico superior demuestran que, en esta época, el hombre alcanzó plena conciencia de sí mismo, tal como lo atestiguan loas representaciones humanas que aparecen en pinturas rupestres o en esculturas.
Los cambios técnicos en las sepulturas, con el cadáver dispuesto en posición de decúbito supino y sepultado con todos sus adornos, son una prueba más de esa madurez de conciencia, que refleja una organización mental más elaborada.
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miércoles 8 de junio de 2011
El paleolítico inferior y medio
Cuando se habla de la "aparición del hombre sobre la Tierra" se hace referencia a los primeros testimonios de un ser dotado de inteligencia y capaz de crear útiles de piedra.
Los primeros datos relativos a la existencia de tal individuo son de hace más de 3 millones de años y se sitúan al inicio del neozoico (llamado también cenozoico), en una fase que suele definirse como paleolítico inferior.
La gran aventura humana comenzó en África (Kenya y Etiopía), donde han aparecido los primeros restos de Australopithecus, a los que podemos considerar antepasados directos del Homo habilis. A este último se deben las formas más antiguas de industrias de guijarros, descubiertas en Tanzania, en la garganta del Olduvai, de donde procede el nombre de cultura olduvaiense. El yacimiento de Olduvai, fechado entre 1 millón y 800.000 a.C., es rico en choppers (guijarros tallados por una sola cara), que también fueron utilizados por el Homo erectus.
El Homo erectus cambió gradualmente los choppers por los bifaces o piedras talladas por dos caras opuestas, típicas de las culturas abbevillense, achelense y clactoniense. El bifaz se fabricaba golpeando un nódulo de piedra (normalmente sílex, piedra particularmente dura y por lo tanto más fácil de exfoliar), hasta que adquiría la forma de una almendra. La industria abbevillense (de Abbeville, localidad francesa en la que se hallaron los primeros objetos) utilizaba una piedra como percutor, mientras que la achelense (St. Acheul, Francia) usaba un cincel rudimentario de hueso o madera. La clactoniense (Clacton-on-Sea, Inglaterra) percutía el núcleo lítico sobre un yunque.
El Homo erectus aprendió también a dominar el fuego, después de pasar muchos miles de años intentando conservar el que encontraba en la naturaleza producido por rayos o por fenómenos de autocombustión. El fuego era esencial para calentarse, asar la carne, alejar a los animales peligrosos de los refugios, iluminar en la oscuridad de la noche y endurecer las puntas de madera. Al dominar el fuego, un elemento temido por los animales, el hombre conquistó un lugar de preeminencia entre los seres vivos, manifestando una forma inicial de autoconciencia. A esta significativa conquista se añadió la elaboración de un lenguaje para comunicar, con gestos y voces, sensaciones y pensamientos. Durante el paleolítico medio esta capacidad lingüística se fue perfeccionando hasta alcanzar formas más articuladas y simbólicas.
La industria lítica del peleolítico medio (entre 200.000 y 35.000 a.C.) es la musteriense (Le Moustier, Francia) atribuible a la especie Homo sapiens neanderthalensis. La cultura musteriense fundió todas las técnicas empleadas durante el paleolítico inferior, para realizar objetos más elaborados: buriles, raederas y puntas de flecha. En este período de fase interglacial (entre las glaciaciones de Riss y Würm), los hombres sintieron la necesidad de cubrirse con pieles más pesadas e inventaron instrumentos cortantes más eficaces.
Durante el paleolítico inferior, la dependencia del hombre respecto al medio era absoluta: recolectaba frutos y otros vegetales (semillas, raíces, bayas) y cazaba animales salvajes. Estaba organizado en grupos familiares, siempre en movimiento, en busca de alimento y de climas más suaves.
El hombre primitivo se cobijaba en cavernas y cabañas rudimentarias, situadas generalmente justo a los cursos de agua. En un momento concreto del paleolítico medio, la caza, una ocupación exclusivamente masculina (a diferencia de la recolección, que ocupaba sobre todo a mujeres y niños), adquirió mayor importancia que la recolección, gracias al uso de trampas y de armas más adecuadas para la captura y el sacrificio de animales de gran tamaño (mamuts y otros paquidermos).
La evolución biológica y cultural del Homo habilis al Homo sapiens, pasa por la aparición de un sentimiento religioso que se expresa a través de la práctica de la sepultura.
Los restos de los cadáveres de hace 100.000 años (Homo sapiens neanderthalensis), con el cráneo protegido por lajas de piedra, muestran trazas de un cierto culto a los muertos. La cabeza de algunos esqueletos presenta el agujero occipital notablemente ampliado, lo que podría ser indicio de un rito de canibalismo, fruto de la creencia animista.
De hecho, algunos estudios sobre culturas primitivas existentes en la actualidad han demostrado que comer el cerebro y la médula del cuerpo de un enemigo o de una persona valerosa significaba adquirir su fuerza.
La práctica de rituales mágicos está atestiguada por el hallazgo de huesos o cráneos, que eran desenterrados después de la composición del cadáver y se usaban como talismanes.
Los primeros datos relativos a la existencia de tal individuo son de hace más de 3 millones de años y se sitúan al inicio del neozoico (llamado también cenozoico), en una fase que suele definirse como paleolítico inferior.
La gran aventura humana comenzó en África (Kenya y Etiopía), donde han aparecido los primeros restos de Australopithecus, a los que podemos considerar antepasados directos del Homo habilis. A este último se deben las formas más antiguas de industrias de guijarros, descubiertas en Tanzania, en la garganta del Olduvai, de donde procede el nombre de cultura olduvaiense. El yacimiento de Olduvai, fechado entre 1 millón y 800.000 a.C., es rico en choppers (guijarros tallados por una sola cara), que también fueron utilizados por el Homo erectus.
El Homo erectus cambió gradualmente los choppers por los bifaces o piedras talladas por dos caras opuestas, típicas de las culturas abbevillense, achelense y clactoniense. El bifaz se fabricaba golpeando un nódulo de piedra (normalmente sílex, piedra particularmente dura y por lo tanto más fácil de exfoliar), hasta que adquiría la forma de una almendra. La industria abbevillense (de Abbeville, localidad francesa en la que se hallaron los primeros objetos) utilizaba una piedra como percutor, mientras que la achelense (St. Acheul, Francia) usaba un cincel rudimentario de hueso o madera. La clactoniense (Clacton-on-Sea, Inglaterra) percutía el núcleo lítico sobre un yunque.
El Homo erectus aprendió también a dominar el fuego, después de pasar muchos miles de años intentando conservar el que encontraba en la naturaleza producido por rayos o por fenómenos de autocombustión. El fuego era esencial para calentarse, asar la carne, alejar a los animales peligrosos de los refugios, iluminar en la oscuridad de la noche y endurecer las puntas de madera. Al dominar el fuego, un elemento temido por los animales, el hombre conquistó un lugar de preeminencia entre los seres vivos, manifestando una forma inicial de autoconciencia. A esta significativa conquista se añadió la elaboración de un lenguaje para comunicar, con gestos y voces, sensaciones y pensamientos. Durante el paleolítico medio esta capacidad lingüística se fue perfeccionando hasta alcanzar formas más articuladas y simbólicas.
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| El Homo erectus domina el fuego |
La industria lítica del peleolítico medio (entre 200.000 y 35.000 a.C.) es la musteriense (Le Moustier, Francia) atribuible a la especie Homo sapiens neanderthalensis. La cultura musteriense fundió todas las técnicas empleadas durante el paleolítico inferior, para realizar objetos más elaborados: buriles, raederas y puntas de flecha. En este período de fase interglacial (entre las glaciaciones de Riss y Würm), los hombres sintieron la necesidad de cubrirse con pieles más pesadas e inventaron instrumentos cortantes más eficaces.
Durante el paleolítico inferior, la dependencia del hombre respecto al medio era absoluta: recolectaba frutos y otros vegetales (semillas, raíces, bayas) y cazaba animales salvajes. Estaba organizado en grupos familiares, siempre en movimiento, en busca de alimento y de climas más suaves.
El hombre primitivo se cobijaba en cavernas y cabañas rudimentarias, situadas generalmente justo a los cursos de agua. En un momento concreto del paleolítico medio, la caza, una ocupación exclusivamente masculina (a diferencia de la recolección, que ocupaba sobre todo a mujeres y niños), adquirió mayor importancia que la recolección, gracias al uso de trampas y de armas más adecuadas para la captura y el sacrificio de animales de gran tamaño (mamuts y otros paquidermos).
La evolución biológica y cultural del Homo habilis al Homo sapiens, pasa por la aparición de un sentimiento religioso que se expresa a través de la práctica de la sepultura.
Los restos de los cadáveres de hace 100.000 años (Homo sapiens neanderthalensis), con el cráneo protegido por lajas de piedra, muestran trazas de un cierto culto a los muertos. La cabeza de algunos esqueletos presenta el agujero occipital notablemente ampliado, lo que podría ser indicio de un rito de canibalismo, fruto de la creencia animista.
De hecho, algunos estudios sobre culturas primitivas existentes en la actualidad han demostrado que comer el cerebro y la médula del cuerpo de un enemigo o de una persona valerosa significaba adquirir su fuerza.
La práctica de rituales mágicos está atestiguada por el hallazgo de huesos o cráneos, que eran desenterrados después de la composición del cadáver y se usaban como talismanes.
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martes 31 de mayo de 2011
Definición de Prehistoria
Con el término "prehistoria" se designa normalmente tanto el período que va desde la aparición del hombre sobre la Tierra hasta la invención de la escritura, como una auténtica ciencia. Ésta, basándose en el estudio de los hallazgos arqueológicos y en análisis químicos, formula hipótesis sobre la aparición y la evolución de las culturas humanas más remotas.
Al afrontar el estudio de la prehistoria se suscitan de inmediato algunas preguntas: ¿cuándo apareció el hombre sobre la Tierra?, ¿su aparición se dio simultáneamente en todos los continentes o debe pensarse más bien que tuvo lugar en períodos distintos según las condiciones ambientales y climáticas de las diferentes regiones del mundo? y, por último, ¿qué etapas evolutivas pueden individualizarse en el largo período de tiempo anterior a la formación de las primeras civilizaciones?
Precisamente al formularse estos interrogantes, la historiografía más reciente ha llegado a la conclusión de que es más correcto hablar de prehistorias que de prehistoria. Esto es así porque, mientras en África los primeros restos humanos datan de hace más de 3 millones de años, en América, la presencia humana más antigua se remonta tan sólo a hace unos 30.000 años. En Asia y en Europa el hombre hizo su aparición hace dos millones y 700.000 años, respectivamente, ocupando en un primer momento la zona meridional de ambos continentes y expandiéndose en fechas posteriores hacia la zona septentrional.
Análogas consideraciones se pueden hacer por lo que respecta a la duración de la prehistoria en las diversas áreas geográficas de la Tierra: si en África, y en particular en Egipto, el primer sistema de escritura se elaboró hacia 3000 a.C. (en las mismas fechas en que surgen también los primeros textos escritos en Mesopotamia, Asia), en el valle del Indo, China y otras zonas como las islas del Egeo, la escritura se remonta al año 2000 a.C. En España, la introducción de la escritura se dio hacia 800 a.C., y en América, la época prehistórica se alargó, salvo aisladas excepciones, hasta la conquista española.
Teniendo en cuenta todas estas diferencias, se puede intentar establecer un cuadro cronológico global que respete los desfases existentes entre un continente y otro. El primero en hacer una subdivisión fue el noruego Christian Jürgensen Thomsen (1788-1865), que en 1812 propuso la sucesión de tres períodos: edad de piedra, edad del bronce y edad del hierro.
Estos nombres resultan hoy tan familiares que parecen incluso banales, pero en el siglo XIX contituyeron una especie de revolución de la que nació el moderno concepto de prehistoria. Empezaron a agruparse los yacimientos según los materiales de que estaban hechos los utensilios encontrados en ellos, que eran, precisamente, piedra, bronce y hierro.
Sobre la base de la división cronológica de Thomsen, y gracias al estudio de los yacimientos, los arqueólogos han ido formulando nuevas subdivisiones. Algunos descubrimientos científicos, como el de la disgregación del carbono radiactivo o carbono 14, han permitido fechar los yacimientos y situarlos en grandes períodos que cubren, cada uno, miles de años. De este modo, la prehistoria ha quedado configurada como un período de tiempo extremadamente vasto, un camino largo y complejo recorrido por el hombre hasta alcanzar lo que corrientemente conocemos con el nombre de "civilización".
Al afrontar el estudio de la prehistoria se suscitan de inmediato algunas preguntas: ¿cuándo apareció el hombre sobre la Tierra?, ¿su aparición se dio simultáneamente en todos los continentes o debe pensarse más bien que tuvo lugar en períodos distintos según las condiciones ambientales y climáticas de las diferentes regiones del mundo? y, por último, ¿qué etapas evolutivas pueden individualizarse en el largo período de tiempo anterior a la formación de las primeras civilizaciones?
Precisamente al formularse estos interrogantes, la historiografía más reciente ha llegado a la conclusión de que es más correcto hablar de prehistorias que de prehistoria. Esto es así porque, mientras en África los primeros restos humanos datan de hace más de 3 millones de años, en América, la presencia humana más antigua se remonta tan sólo a hace unos 30.000 años. En Asia y en Europa el hombre hizo su aparición hace dos millones y 700.000 años, respectivamente, ocupando en un primer momento la zona meridional de ambos continentes y expandiéndose en fechas posteriores hacia la zona septentrional.
Análogas consideraciones se pueden hacer por lo que respecta a la duración de la prehistoria en las diversas áreas geográficas de la Tierra: si en África, y en particular en Egipto, el primer sistema de escritura se elaboró hacia 3000 a.C. (en las mismas fechas en que surgen también los primeros textos escritos en Mesopotamia, Asia), en el valle del Indo, China y otras zonas como las islas del Egeo, la escritura se remonta al año 2000 a.C. En España, la introducción de la escritura se dio hacia 800 a.C., y en América, la época prehistórica se alargó, salvo aisladas excepciones, hasta la conquista española.
Teniendo en cuenta todas estas diferencias, se puede intentar establecer un cuadro cronológico global que respete los desfases existentes entre un continente y otro. El primero en hacer una subdivisión fue el noruego Christian Jürgensen Thomsen (1788-1865), que en 1812 propuso la sucesión de tres períodos: edad de piedra, edad del bronce y edad del hierro.
Estos nombres resultan hoy tan familiares que parecen incluso banales, pero en el siglo XIX contituyeron una especie de revolución de la que nació el moderno concepto de prehistoria. Empezaron a agruparse los yacimientos según los materiales de que estaban hechos los utensilios encontrados en ellos, que eran, precisamente, piedra, bronce y hierro.
Sobre la base de la división cronológica de Thomsen, y gracias al estudio de los yacimientos, los arqueólogos han ido formulando nuevas subdivisiones. Algunos descubrimientos científicos, como el de la disgregación del carbono radiactivo o carbono 14, han permitido fechar los yacimientos y situarlos en grandes períodos que cubren, cada uno, miles de años. De este modo, la prehistoria ha quedado configurada como un período de tiempo extremadamente vasto, un camino largo y complejo recorrido por el hombre hasta alcanzar lo que corrientemente conocemos con el nombre de "civilización".
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| Los primeros restos humanos se remontan en África a hace más de 3 millones de años |
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